Salí de casa el 28 de abril, sobre la una y media del mediodía. El cuentakilómetros marcaba 64.400. Por delante tenía unas siete horas hasta el puerto de Barcelona, contando las paradas, y un viaje al que llevaba tiempo dándole vueltas.

Lo primero era llegar al puerto

Encontrar el acceso fue sencillo. Llevaba la reserva hecha con antelación, así que fui a la oficina de Grimaldi Lines para hacer los trámites. Después, el personal me indicó dónde colocar la autocaravana y tocó esperar en una de las filas.

El embarque también fue más sencillo de lo que puede parecer desde fuera. Coches, camiones y autocaravanas avanzando despacio, pero sin detenerse demasiado. Siempre había alguien indicando por dónde seguir y dónde estacionar.

La mochila, Luka y el camarote

Una vez aparcado, tenía que salir de la autocaravana. Apagué el gas, cogí la mochila y a Luka y fui a buscar el camarote. Entre pasillos, salas y puertas, me costó un poco orientarme, aunque no tardé demasiado en encontrarlo.

Dejé las cosas y subimos a cubierta antes de zarpar. El ferry llevaba retraso y salió pasadas las 01:45. Vimos cómo nos alejábamos de Barcelona y poco después bajamos a descansar.

La autocaravana ya estaba dentro. Luka estaba conmigo. Ahora sí, habíamos salido.

Un día para dejarse llevar

A la mañana siguiente fui a desayunar; tenía incluido un desayuno con cruasán. Después recogí a Luka y volvimos a cubierta. El resto del día pasó entre ratos al aire libre y ratos en el camarote.

Llevaba comida y bebida preparadas en la mochila, así que apenas gasté en los comercios del barco, más allá de varios cafés. Una ducha, una buena siesta y esperar a llegar a Civitavecchia. No necesitaba hacer mucho más.

Luka pudo acompañarme fuera del camarote. Llevaba su bozal por si me lo pedían, aunque durante aquella travesía no ocurrió. Esa fue mi experiencia; no significa que los requisitos sean siempre los mismos.

Volver a ponerse al volante

Antes de desembarcar avisaron por megafonía de que había que dejar los camarotes. Desde ese aviso hasta que pude bajar a la autocaravana pasó alrededor de una hora. Esperamos un rato en cubierta y después junto a los pasillos de acceso a las bodegas.

La salida fue tan sencilla como la entrada: seguir las indicaciones del personal y avanzar hasta estar fuera. Ya estábamos en Italia.

La primera travesía había terminado. El viaje por carretera apenas empezaba.